Cuando mi padre tenía 14 años ya trabajaba por cuenta ajena (a escondidas de sus padres). Cuando su padre cumplió 14 años comenzó al instituto (en su caso quizá no supuso mucho cambio porque estudiaba en un privado y no dejaba de ser una continuación de la EGB. En cambio, para quienes como yo estudiamos en un colegio público cambiar al instituto era iniciático). Él cumple 14 años y ya puede hacerse sus cuentas en redes sociales. Los 14 años eran y son un cambio de nivel. Pequeños cambios que configurarán el devenir de la historia de una vida. Un gran paso para la madurez.
Mi padre estudiaba con los frailes, en La Salle. Estudiaba es una forma de hablar. Recibía golpes y más golpes. "La letra con sangre entra". Cuando en casa no había que segar, había que llindar o catar, o lo que se terciara. El colegio era secundario para sobrevivir. Después de día sin ir volvías al colegio y "hostia que te crió". El fraile no entendía de huertas ni de animales. El fraile no sabía de labranza ni de necesidades que no fueran las suyas. El fraile vivía en su propio miedo y, desde luego, en su propio mundo. El fraile no tenía más zapatos que los suyos y no sabía lo que era ponerse en los zapatos de otros.
Una mañana el golpe que atinó al joven treceañero fue tan fuerte que le abrió la mano. El adolescente decidió poner punto final a la desventura que era la escuela. Entró como aprendiz de albañil, sin seguro y sin que sus padres supiesen dónde pasaba el hijo las mañanas. El fraile jamás subió a la montaña para decirles a los padres que el hijo había abandonado el colegio. Si alguna vez escribió una nota nunca llegó a manos de mis abuelos. Con 14 años mi padre era un trabajador fuera de la legalidad. Era un niño que trabajaba.
Como cumplo en noviembre, yo empecé al instituto con 13 años. Un instituto visto desde mis ojos de hoy pequeño, visto con mis treces años enorme: al menos había seis primeros de BUP. El instituto ya no estaba en mi barrio, ya no pegaba con mi casa. El trayecto andando nos llevaría una media hora. Durante los años que duró la EGB mi tutor siempre fue Don José Rubio. En los tres últimos cursos había especialistas de Lengua, Doña Consuelo; de Historia, Don Wenceslao; de Inglés... bueno, de inglés muy especialista no lo era la verdad. La maestra de Inglés había sido tutora de 1º a 5º y ahora sus condiciones habían mejorado. Se introducía inglés en los colegios (au revoir al francés) y se necesitaban especialistas de inglés. Algunos colegios, como el mío, reconvirtieron a docentes, esto es, les pusieron a dar un idioma del que nada conocían. Aquella maestra nos desenseñó el inglés a golpe de muy mala baba porque vivía permanentemente enfadada. Ahora puedo comprenderla, lo que no quita para que el sistema educativo me alejara del inglés para siempre. No le guardo rencor a la maestra. Hace unos años nos encontramos. Yo la reconocí perfectamente a pesar de que el tiempo había hecho en ella lo que hace en todos: nos transforma. Nos presentaron. Ella no me reconoció pero no dejó de sonreír en todo el rato. Creo que fue entonces cuando aprendí que no le guardo rencor y que si no aprendí inglés o no me llevo bien con esa lengua fue culpa del sistema. Está claro que el sistema somos todos, ¿no?
Vuelvo a mi instituto (donde aprobé inglés no sin muchas dificultades y con muchas clases particulares). La llegada al instituto hizo que mis padres aquellas navidades se negasen a regalarme otra muñeca. Sí, yo quería una muñeca a pesar de mis catorce años. Las frutas de los árboles no maduran todas a un tiempo. De pronto, desperté del sueño en que vivía. No creo que fuese el hecho de quedarme sin muñeca. Cada vez me hacían más gracia los TRIPITIDORES que había en mi clase; a irritarme más el olor a alcohol que despedía mi profesora de Matemáticas... Cada vez quería salir más con mis amigas a comer bolsas de pipas sentadas en el respaldo de un banco. Esas cosas comenzaban a pasar rondando los 14 años, cuando empezabas al insituto.
Hoy mi hijo cumple 14 años. El verano pasado nos habló de una páginas, aplicación o qué sé yo en la que sus amigos de su edad se habían inscrito. Necesitaba que le diésemos permiso porque era para mayores de 14. PERMISO DENEGADO. Somos así. No volvimos a pensar en ello. Hoy cumple 14 y está deseando, se pueden imaginar, adentrarse en esa página llena de juegos a un módico precio. Podrá hacerse sus propias redes sociales. Ah, sí, lo sé, casi todos los niños, y especialmente las niñas tienen redes sociales antes de los 14. Algunos padres controlan; otros solo dicen que lo hacen; otros piensan que lo hacen; y muchos ni lo hacen ni se espera que lo hagan.
Con 14 años llega no solo la verdadera adolescencia (a la que ahora los abocamos a los 11-12); el fin de la pubertad; y, la responsabilidad penal. Con 14 años empiezas a tener conciencia de tu presencia en el mundo y quieres hacerte un hueco en él. Miedo me da. La aventura de los 14 comienza. Yo sé bien qué se escondía bajo mi apariencia de niña buena. Quien no la haga que no la tema.

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